El día de mi entierro.

Llegas tarde.
Y la impresión
de que la vida te lleva
algunos días de ventaja.
Intentas parar el reloj
con el abrazo de la nostalgia
en el pozo de tu garganta.

De nuevo estás aquí.
Otra fiesta a la que llegaste
sin invitación ni antelación.
Te pierdes.
Como el pescador
que rescata ballenas en el mar
por no pescar sirenas sin canto.

Tienes la sensación de estar de más.
De no llegar a la brisa de la risa.
No tienes el poder,
apenas la conciencia,
de llegar al corazón de algún amante
que rompa tu corazón en mil pedazos
con su piel y su estómago.

Llegas tarde.
De nuevo llegas y ya no hay nadie.
De nada sirve ya tu perfume de esparto
ni tu camisa recién planchada
a golpe de lágrimas y sangre tibia.
Llegas nervioso e intranquilo
al infarto del gris de tus ojos.

Aquí no queda nadie,
ni nada que hacer por el abismo,
ni tiempo que perder en espejismos.
Recoge los trapos y la vergüenza,
haz el atillo con los sueños,
y deja algún roto
por donde escape el veneno.

Bienvenido.
Llegas tarde.
Como el parpadeo al despertar de tus ojos.
Lo más interesante del libro de tu vida será,
piensas,
un epílogo con las paginas en blanco.
Bienvenido, al día de tu entierro.
Grietas que caen en la nada,
que piden mi ausencia
que rompen lo bello, alegre, grietas.

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