El perdón de los filos

Hay una cicatriz
inmersa en la piel dormida,
deshabitada de piel.
Cicatriz que sostiene la letanía del tiempo,
diluyéndose en aromas de flor de olvido.

Cicatriz que sustenta un hilo invisible
en lugares desiertos de arena, poesía y verbena.
Que atraviesa el letargo de su piel comprimida,
exhausta por la aguja que invade sus carnes.

Cicatriz que no cierra,
y mantiene atentos los márgenes
de sus marcos punzantes, astillados,
expectantes al roce de una brisa
que desoye una vida.

Cicatriz que deja un centímetro
abierto de sangre
y lágrimas de sufrimiento
susurrando un vuelo de esperanza.

Cicatriz que grita al latido de un instante
en el que el mundo se detiene
para ser nosotros.
O nadie en alguna parte.

Sospecho que existe inmerso
en tu hueco de barro y arcilla,
un pensamiento que espera agazapado en el bordillo
de unos años que no volverán.

Sospecho que hay cicatrices
que imploran el perdón de los filos
que las espetan.

Sospecho, tal vez,
cicatrices que ensanchan
mientras el miedo aparta sus miedos,
y los colores se mezclan mientras pierden
el matiz en pinceles ajenos.

La cicatriz nunca cierra,
por llevar en su capacho
el ancho mar del recuerdo.

Y la vitola del amor perdido
en el pecho.


Hay un fuego dentro
que nos guía desde niños.
La llama se quema
si detrás no hay un latido.

5 comentarios sobre “El perdón de los filos

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