Solo quiero que me pase.

Hoy parece que va a llover, y como siempre, me he dejado el paraguas en casa. 
Da igual, seguramente terminará por no caer ni gota.
Noto mi paso un poco extraño, un poco más rápido de lo normal, más seco y profundo, más nítido y directo. Pero sobretodo incontrolable.
El cambio de hora ha afectado a mis nervios, y a la insuficiencia de mis brazos.
Llego al café, y el camarero me dedica una mirada de indiferencia que allana el camino hacia mi terrible realidad. 
La verdad es que las arrugan han habitado en mis mejillas y mis ojos hace tiempo que viven en la tristeza. 
El sol atraviesa las cortinas amarillentas, testigos inmaculados de otros tiempos felices.
Noto mis manos diferentes y las miro implorando al universo que puedan volver a acariciar.
En el segundo café empiezo a pensar que todo sigue igual, y que un ser tan miserable no merece salir de su cueva. 
La música del bar envuelve mis mejillas y me envuelve en una nube de dulce melancolía.
Otro whisky. Siempre irlandés. Y veo mi vida sin terminar de abrir los ojos.
Y ya no aparezcas. 
O aparece y arráncame el corazón de cuajo. 
Diseca las piezas del cuerpo inerte y la barca del tiempo interminable. Termina con todo.
Dejo un billete arrugado sobre la mesa.  Marcho sin mirar atrás.
Diluvia, y olvidé el paraguas en casa. Pero esto ya te lo he contado.
No se que me pasa. No se que me pasa… 
Solo quiero...solo quiero que me pase.

Abril 2018

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