El taller de los corazones cansados

No sé escribir poemas cortos,
por que el ruido de este silencio 
es lo más parecido al final del ciclo corto de una lavadora.
Hoy puede ser un buen día. 
He madurado. 
Por que madurar 
es cambiar los puntos suspensivos por comas.
Madurez es la tristeza de la cola del paro 
bajo un sol de noviembre.
Es esta manía mía de poetizar las cosas más sencillas 
mientras arreglo jarrones de porcelana.
Madurar es geometrizar las líneas rectas del vacío 
mientras camino sin rumbo 
al taller de los corazones cansados.
Es dejar de correr como se corre a la hora del recreo 
y oler como huelen las flores recién cortadas.
Dónde quedó la magia 
y la complicidad de las noches en vela. 
La conexión de nuestras palabras 
y las sombras de cada uno durmiendo tan cerca.
Dónde una mano perdida entre tus miedos y mi luna.
Sí, madurar, 
es la melancolía doliendo más que el desamor 
y entender que en la raíz del corazón 
mueren a veces las huellas del pasado.

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Hoy por ti,
mañana por mí,
si te caes estaré ahí.
Por que ahora vuelvo a ver el firmamento
lleno de letritas de amor
cantando por que saben que eres tú
quien descifró el enigma de mi voz.

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